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Oposición, plebiscito y parlamento

Oposición, plebiscito y parlamento
No tiene sentido criticar y nada más que criticar los males casi
sexagenarios del partido, el gobierno y el parlamento, porque la elite
gobernante es inmune a la crítica opositora
Arnaldo M. Fernández, Broward | 15/03/2016 3:44 pm

En alguna entrevista Ricardo Alarcón dijo que había tenido que fajarse
con las obras de filosofía jurídica de Hans Kelsen y así puede
comprobarse en su libro Cuba y la lucha por la democracia (Ciencias
Sociales, 2002). Aquí Alarcón se agarra cinco veces de la noción
kelseniana de “parlamentarización de la sociedad” para ilustrar la
bondad del orden político vigente en la isla de Cuba pintoresca, pero no
se refiere ni una sola vez a cómo Kelsen había fundido la esencia y
valor de la democracia con el multipartidismo: “La democracia es,
necesaria e inevitablemente, un Estado de partidos”[1].
A este último respecto son tan inconsistentes como Alarcón muchos
personajes de la bandería contraria: desde quienes solo arman circos
mediáticos con alardes de plebiscito y pedidos de leyes al parlamento
del partido único, hasta quienes largan —por supuesto que sin decir
cómo— que lo primero que hay que eliminar es la democracia secreta del
PCC, como si tal secretismo no fuera inherente a todo partido
comunista[2] y la prioridad política no fuera más bien eliminar el orden
estatal sin oposición parlamentaria.
No tiene sentido criticar y nada más que criticar los males casi
sexagenarios del partido, el gobierno, el parlamento y la madre de los
tomates dictatoriales, porque la elite gobernante es inmune a la crítica
opositora y eso que llaman pueblo no necesita meras declaraciones sobre
los males que arrostran día y día, sino indicaciones de cómo superarlos.
A tal efecto no valen ni lamentos ni estupideces.

Qué hacer con el plebiscito
Nadie en sus cabales puede tragarse la guayaba práctica de que Rosa
María Payá u otro cualquiera montará algún día el plebiscito que
pregonan. Mucho menos la guayaba teórica de Alexis Jardines: “El único
camino capaz de unirnos a todos, sin que importen las diferencias
políticas, es trabajar por un plebiscito”. Ese trabajo lo hizo ya el
propio gobierno.
Todas las elecciones generales en Cuba son plebiscitos, porque todos los
candidatos son del Gobierno. Votar por cualquiera de ellos equivale al
SÍ y para el NO hay que anular la boleta o dejarla en blanco.
Políticamente esta negativa significa mucho más que cacarear por ahí con
Antúnez “No, no y no a la dictadura”. Sobre todo después que Antúnez
saludara por radio en Miami a Posada Carriles y pidiera libertad para el
preso político (sic) Eduardo Arocena[3].
Para que los votos negativos sumen millones y deslegitimen al Gobierno
en las elecciones generales, la oposición debería difundir más o menos
este mensaje: “Votar por cualquier candidato es votar por el Gobierno y
votar por el Gobierno es seguir como vamos: de mal en peor y sin
esperanza. Ve a votar, pero anula tu boleta o déjala en blanco. Nadie
podrá verte ni podrá pedirte cuentas después”.
Este ademán sería políticamente mucho mejor que subirse con Cuesta Morúa
y otros en la Plataforma Ciudadana #Otro18 para darle a la matraca de
pedir leyes al parlamento sin que ningún diputado haga caso, ya que
parlamento y Gobierno no son lo mismo, pero es igual: son fruto de la
misma mata electoral y forman el aparato estatal del único partido.
También sería mucho mejor que la arenga fútil de Rodiles: “Si
#TodosMarchamos los domingos, el miedo y la dictadura se acaban”. Si
marchas te ven y la policía te prende; si anulas o dejas la boleta en
blanco, ni te ven ni te pueden prender. Y los números de votos negativos
tienen más salsita opositora que los números de detenidos por marchar
cada domingo pidiendo al Gobierno cosas que jamás se darán. Tampoco
sirven para nada los números de firmantes de papeles o asistentes a
reuniones de #Otro18.
Por supuesto que los votos negativos no tumbarán al Gobierno, pero irían
dando —a eso que llaman pueblo— una idea mucho mejor de que Somos+
contra el régimen que el Somos+ que Eliécer Ávila viene pregonando desde
marzo de 2013. A la vuelta de tres años tiene apenas unos cuantos
suscriptores en el blog y muchos más seguidores en Twitter, pero todos y
cada uno sin repercusión ni influencia política alguna.
Para votar negativo es mejor anular la boleta con cualquier garabato, ya
que las boletas en blanco se podrían alterar fácil con sólo una palomita
a lápiz en el circulito previsto para el voto unido [por todos los
candidatos a la vez]. Incluso los colegios electorales podrían contar al
descaro las boletas anuladas como votos positivos, pero ante semejante
riesgo la oposición solo tendría que asumir otra tarea clásica de toda
política genuina en tiempos de paz: atajar el fraude electoral.

Terapia preventiva
La proclividad a usar números fraudulentos no es exclusiva del Gobierno.
En este mismo sitio se pretendió pasar subrepticiamente que, de la noche
a la mañana, fueron borrados más de 200 mil electores del registro
oficial en las elecciones generales de 2013[4]; por el contrario, el
Gobierno reportó contra sí mismo, en las elecciones municipales de 2015,
más votos en su contra y menos participación popular que en 2013.
La tentación humana de manipular números según intereses obliga a que
los opositores, tras votar en negativo, concurran de nuevo a los
colegios electorales al momento del cierre —sin andar revoloteando por
ellos antes— para presenciar atentos el escrutinio, tal y como autoriza
la ley. Si los agentes de la dictadura se atreven a impedir que sean
testigos presenciales o a cometer fraude delante de ellos, la bandeja
queda servida para vocear algo mucho mejor que las torturas que denuncia
Rodiles por apretazón de esposas o los desaparecidos que denuncia Ángel
Moya cuando no sabe adónde llevaron a los detenidos, aunque sabe
perfectamente que no tardarán mucho en regresar a casa.
El fraude y la expulsión de testigos a la hora de escrutinio son delitos
electorales previstos y sancionados por las propias leyes del régimen.
Así que tienen mucho más pedigrí para dar tángana, incluso ante los
tribunales, que las denuncias de Berta Soler y otros a la fiscalía sobre
el aumento de la represión, que sí está autorizada por las leyes del
régimen.

Qué hacer con el parlamento
Pese a que las boletas anuladas y en blanco son el mejor indicador de
pérdida de legitimación del Gobierno, al bajar los números electorales a
su favor, ni siquiera con millones de ellas se podría cambiar la
composición de la Asamblea Nacional. Dichas boletas no se cuentan como
votos válidos y así los candidatos del Gobierno tienen asegurada su
elección con solo votar por sí mismos, aunque todos los demás electores
voten negativo. Sin embargo, como nadie en sus cabales se traga la
guayaba que metió Fariñas en el Nuevo Herald: que asesores de Raúl
Castro sugirieron admitir de 15 a 25 disidentes en la Asamblea Nacional,
cambiar la composición presupone meter opositores en las candidaturas a
diputado.
La Comisión Nacional de Candidaturas propone pre-candidatos, que pasan a
candidatos tras ser nominados por las asambleas municipales. Como solo
los delegados de estas tienen la potestad legal para aprobar o rechazar
precandidatos, la misión política de llevar opositores a la Asamblea
Nacional empieza por llevarlos como delegados a las asambleas
municipales. Tan solo así se podrá lograr algún día la mayoría que
permita rechazar precandidatos del Gobierno y forzar propuestas de
opositores como precandidatos.
A tales efectos los opositores tendrían que proponerse a sí mismos —como
hizo Hildebrando Chaviano— o ser propuestos por otros —como sucedió con
Yuniel López— en las asambleas generales de electores que se llevan a
cabo por áreas de circunscripción. Aquí siempre hay un ojo que te ve,
porque la votación es “directa y pública”, pero eso ya no importaría si
las elecciones generales arrojan bastantes votos negativos como para
tomar conciencia de que Somos+ de verdad y no como marca comercial
registrada de Eliécer Ávila.
En todo caso, proponer opositores en el barrio y votar por ellos en las
elecciones municipales sería mucho más político que marchar por presos
enlistados al bulto como políticos o firmar empeños que, como el
Proyecto Varela, no van por ningún camino del pueblo.
El opositor nominado por su gente de zona ni siquiera tendría que
indignarse si la comisión electoral de su circunscripción pone en su
biografía que es contrarrevolucionario. Todo el mundo sabe que el
Gobierno tacha de este modo a quienes disienten, así que la tacha
servirá más bien para que todos y cada uno de los opositores candidatos
a delegados a las asambleas municipales sean bien identificados como
opositores por los electores que aún no saben quién es quién en su
circunscripción.

Coda
No tiene sentido lamentar que el parlamento no controla al Gobierno,
porque uno y otro son frutos de la misma siguaraya electoral para
ejercer la dictadura de partido único. La clave política radica en
comprobar si, a instancia de la oposición y sin permiso del Gobierno, el
pueblo puede tumbar ese árbol votando masivamente en contra de los
candidatos en las elecciones generales, así como a favor de los
opositores en las elecciones municipales.
Si el pueblo no lo hace, los opositores tendrían entonces que irse
definitivamente adónde los albañiles cuando se acaba la mezcla, pero si
continúan con el teje y maneje que arrastran por décadas sin lograr
nada, ninguno merecería ya ser propuesto para el Premio Nobel de la Paz
—como hicieron noruegos, americanos y otros extraterrestres con Yoani,
Biscet, Payá y otros— sino más bien para el Premio Nobel de Física, por
la cubichería politiquera de que oposición y represión funcionen como
perpetuum mobile.

[1] Die Demokratie is notwendig and unvermeidlich ein Parteienstaat. Cf.
Vom Wesen und Wert der Demokratie, J.C.B. Mohr, 1929, p. 20.
[2] Hace más de un siglo que Trotsky demostró en Nuestras tareas
políticas (1904) cómo el mecanismo organizativo del partido comunista
desnaturaliza la democracia interna.
[3] La prisión de Arocena deriva del expediente de apelación United
States of America v. Eduardo Arocena, 778 F.2d 943 (2nd Cir. 1985)
[4] Los interesados en discutir este caso tienen vía expedita para
llevarlo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y asestar así
un golpe —a Castro y los suyos— que tendría suma repercusión política
internacional.

Source: Oposición, plebiscito y parlamento – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/oposicion-plebiscito-y-parlamento-325085

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