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Manicomio anticastrista

Manicomio anticastrista
El Gobierno cubano se agarra cada dos años y medio del número de votos a
su favor y puntualmente de la concentración, el desfile o la turba
Arnaldo M. Fernández, Broward | 04/04/2016 10:43 am

Locura es repetir los mismos errores a la espera de resultados diferentes
Narcóticos Anónimos (NA), Step Two, 1981

El castrismo debe estar bailando en una pata al son de pegajoso
estribillo[1], luego de presentarse a la Asamblea Nacional (AN) otra
petición de un plebiscito sobre el futuro de Cuba y noticiarse en Madrid
otro pedido más a la misma asamblea para reformar la Ley Electoral
(1992). El Movimiento Cristiano Liberación (MCL) y el Proyecto Cuba
Decide, de Rosa María Payá, piden el plebiscito, mientras Manuel Cuesta
Morúa et al piden la reforma electoral desde la Plataforma #Otro18.
Ambos casos encajan en la noción de locura de NA. Repiten el mismo error
de Oswaldo Payá —pedir peras democráticas al olmo totalitario— como si
pudieran esperar resultados diferentes de la respuesta que el parlamento
castrista dio al Proyecto Varela hace más de una década: “Ni la
Constitución de la República ni el Reglamento de la AN establecen la
recolección de firmas, cualquiera que fuese su número, para promover la
iniciativa legislativa”.
Vida loca
Los intentos de cambiar las leyes del Estado totalitario sin cambiar su
parlamento no tienen sentido, pero ni siquiera se comprende bien que
parlamento y gobierno son frutos de la misma siguaraya electoral
plantada para ejercer la dictadura de partido único[2], ergo: el juego
político está cerrado desde que la Comisión Nacional de Candidaturas
prepara, conforme a la Ley Electoral (1992), la lista de precandidatos a
diputados a la AN (Artículo 73).
A semejante orden político solo puede entrársele desde abajo, con el
pueblo, pero los líderes opositores sin masa crítica andan por ahí con
proyectos tan alocados como ese de recoger ahora 10.009 firmas al bulto
y arrastrarse hasta las oficinas de la AN para pedir un plebiscito. Así
y todo, como escribió Erasmo de Rotterdam, “lo que perpetúa la especie
humana es esa parte tan loca y ridícula que no se la puede nombrar sin
echarse a reír” (Elogio de la locura, XI).
En el plebiscito, lo mejor de esta parte reza: “Con las últimas
adhesiones suman en total 35.000 los ciudadanos que apoyan el Proyecto
Varela”, como si ninguno de los firmantes en 2002 y en 2004 se hubiera
muerto o arrepentido, abandonado el país o vuelto a firmar, pero la
locura y el ridículo no estriban ya solo en embarajar datos históricos
como políticamente válidos aquí y ahora. Quienes incurren hoy en el
mismo error de ayer embarajan también la respuesta oficial tajante al
Proyecto Varela y se tornan inconsecuentes ante la posición estratégica
del Gobierno, que Fidel Castro definió así:
“Nosotros no estamos obligados; tendrían que expulsarnos, declararnos
unos imbéciles y unos incapaces, si nos dedicamos a atender o a hacer
aquí un debate parlamentario porque diez mil personas lo deseen, o
pueden ser cien mil”[3].
En la reforma electoral, lo mejor de aquella parte reza: “Al menos 25
ciudadanos tienen previsto presentarse como candidatos independientes en
2018”. A la locura de que ningún elector podrá votar por ellos, pues
nadie aparece en ninguna boleta si no fue propuesto por una comisión de
candidatura, se suma la ridiculez de que ahora unos cuantos opositores
quieren ir a las elecciones parlamentarias de 2018, luego de que apenas
dos fueran a las elecciones de 2015, que empezaron con la votación
popular directa en los barrios —sin boleta ni candidatura de arriba—para
nominar los candidatos a delegados de las asambleas municipales.
Umbral político
Así como Obama confirmó que “el futuro de Cuba debe estar en manos del
pueblo cubano”, el futuro de la oposición pertenece por entero a ese
pueblo. Y como el orden dominante solo puede deslegitimarse por quienes
están sometidos a él, no habrá crisis de legitimación del Estado
totalitario si la oposición sigue invocando al pueblo sin conseguir la
fuerza del número ni en las urnas ni en las calles[4].
Para mostrar lealtad de masas, el Gobierno se agarra cada dos años y
medio del número de votos a su favor y puntualmente de la concentración,
el desfile o la turba. De nada vale argumentar que ese consenso popular
es ficticio o forzado si la oposición no sobrepuja a la bandería
castrista en las calles ni tiene proyecto alguno con que pueda
atribuirse los votos en contra del Gobierno.
La oposición tiene hoy un solo movimiento políticamente correcto: la
campaña Todos Marchamos, que se lanzó a buscar la fuerza del número en
las calles, pero fracasó porque marchan nada más que unos cuantos por
motivos que no interesan a los amplios sectores del pueblo. Incapaz de
sumar partidarios, Todos Marchamos se estancó cual noria disidente y
apenas genera, como números propios, domingos y más domingos de marcha
con más o menos la misma gente.
Para compensar esta infertilidad política, Todos Marchamos insemina
números ajenos: los detenidos por obra y gracia del Gobierno, pero
tampoco esos números tienen fuerza para concitar el respaldo popular
dentro ni el apoyo afuera más allá de meras declaraciones, como esta de
Obama: “Muchas veces requiere tener un gran coraje ser activo en la vida
civil aquí en Cuba”.
Entretanto cientos de miles de cubanos sin coraje —ni salen a marchar
dentro ni viajan afuera en misión política— cuestionan la legitimidad
del orden dominante anulando o dejando en blanco las boletas electorales
cada dos años y medio. En 2013 fueron unos 460 mil; en 2015, más de 715
mil. Los líderes opositores ni aprovechan ni estimulan esta tendencia
creciente, sino que enloquecen con cositas como que la visita de Obama
marcó “la legitimación de la oposición”.
Ninguna visita de ni reunión con nadie legitima nada[5], pero los 105
minutos de fama de 13 disidentes con Obama dieron pie incluso a que
Fariñas se apeara con que la reunión en La Habana fue “muy sincera [y]
hubo un compromiso con la democracia por parte del presidente de EE.
UU.” Fariñas olvidó que a fines de 2013 —tras hablar con Obama en Miami—
dijo que “este encuentro es un respaldo de la Casa Blanca a la
oposición”, pero al año siguiente tuvo que rezongar contra el pacto
Obama-Castro como “traición a los demócratas cubanos”. Ninguna traición
se torna compromiso sincero por cambiar el lugar de reunión.
Coda
Obama largó en discurso “que EEUU no tiene ni la capacidad ni la
intención de imponer cambios en Cuba”. Al ser entrevistado por David
Muir (ABC) admitió que el régimen tiene legitimidad de entrada y sus
gobernantes podrían acrecentarla e incluso mejorar la gobernabilidad si
expandieran los límites del disenso[6]. Para remachar soltó: “I do not
believe that President Castro wants to upend the ruling party or the
system”.
Así que Obama se resignó ya a la legitimidad del castrismo tardío con su
partido único y al parecer no está loco, pues no espera que repitiendo
el error de invertir en banderías opositoras infructuosas se obtengan
resultados diferentes a la nada cotidiana. Ahora la prioridad de
inversión de la Casa Blanca apunta más bien al sector privado emergente.
[1] Digamos: Esto es pa’ los que dicen / Que a mí me queda poco /
Ustedes están mal / Ustedes están loco (Gente de Zona, Están locos, 2011).
[2] Por eso se inventa que los diputados pueden preguntar, pero no
revocar a los ministros, y se lamenta que el parlamento no controle al
gobierno, como si la clave del orden político castrista no fuera el
poder único. El parlamento mismo genera al gobierno y a la judicatura
suprema. Al primer respecto, la AN tiene las atribuciones
constitucionales de designar al gobierno completo (Artículo 75.ll) y de
revocar a las personas designadas por ella (Artículo 75.o).
[3] Biografía a dos voces, Debate (2006), 392. Ni siquiera con el ardid
de los 35 mil se pasa del 0,5 % del electorado. Para entrar a la verbena
democrática de 1940, los grupos políticos tenían que sumar al menos el 2
% de los electores registrados.
[4] Cf.: Hirschman, Albert Otto: Exit, Voice, and Loyalty (Harvard
University Press, 1970). De nada sirve contar a quienes se van del país
o no van a votar [Exit]. La legitimación depende ya solo de la
correlación de fuerzas entre lealtad [Loyalty] y disidencia [Voice].
[5] “De legitimidad sólo hablamos cuando nos referimos a órdenes
políticos [y] aquella se juzga por quienes se encuentran sujetos a
estos”. Cf.: Habermas, Jürgen: “Legitimität”, Merkur, Año XXX, No. 332,
enero de 1976, 37.
[6] “If they were less fearful of dissent, that not only might they be
able to improve governance here, but I suspect that they could enhance
their legitimacy in the eyes of the Cuban people”.

Source: Manicomio anticastrista – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/manicomio-anticastrista-325266

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